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Fallece el humorista Francisco Martín Morales, académico de esta institución.

La Real Academia expresa su profundo pesar por el fallecimiento del gran dibujante y humorista gráfico Francisco Martín Morales, Académico Numerario de nuestra corporación. Elegido el 1 de abril de 2004, ingresó en la Academia el 26 de abril de 2007 con el discurso “El dibujo de humor en la prensa: orígenes y evolución”, ocupando la Medalla n° 5 en la Sección de Pintura, Grabado, Diseño y Artes de la Imagen. Descanse en paz.

FRANCISCO MARTÍN MORALES, NOTARIO EFÍMERO DE LOS DÍAS

Juan Vida

28 de agosto de 2022

Francisco Martín Morales nació en la Alpujarra almeriense en enero de 1946, del matrimonio compuesto por Ricardo Martín Noguerol, guardia civil, y Carmen Morales Mateo, maestra de escuela. Su primera experiencia escolar fue en el internado del Colegio Diocesano de Almería, cuyo ambiente enclaustrado y restrictivo le marcaría para siempre, como el propio Martín Morales dejó manifiesto en más de una entrevista. Estudia bachillerato en los Agustinos de Motril y a los diecisiete años, terminado el Preu, publica sus primeros dibujos en la editorial Santa Rita de Monachil y en El Faro de Motril. Con veinte años estudia en Málaga peritaje industrial y envía sus “chistes” con determinación desprejuiciada a todas las publicaciones que conoce, incluida La Codorniz y las revistas del Grupo Bruguera, en un intento incesante y ambicioso de encontrar un espacio propio.

A mediados de los 60 se incorpora al servicio militar y cursa la carrera de periodismo en la Complutense de Madrid, pero por asuntos de familia debe volver a Granada. En 1969 inicia su vida profesional en el granadino diario Ideal, y desde 1972 colabora en La Codorniz, Mundo Diario y en las revistas Mundo e Interviú. Un feliz día, junto a Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán y El Perich funda la comprometida revista de humor Por favor. Al final de su vida activa publica sus elaboradas viñetas en ABC, Estrella Digital y en el semanario La Clave, incorporando a su impecable técnica de dibujante los nuevos recursos de los medios digitales.

Desde que en 1972 obtuviera la Olimpiada de Humor de Valencia, su trabajo ha sido incesantemente galardonado. Entre otros, podemos citar el Premio Popular del diario Pueblo de Madrid, el Premio Mingote, el Premio del Club Internacional de Prensa de Madrid y el Premio Seco de Lucena de la Asociación de la Prensa de Granada. Ha participado de forma activa en numerosos congresos y ha sido profesor en los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, del Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada en Almuñécar y de la Fundación Rodríguez-Acosta. Ha publicado los libros 30 millones de maduros, La Ex-paña de Martín Morales, La guerra de los golfos y Lo mejor de M.M.

Francisco Martín Morales, sus circunstancias y sus personajes irrumpieron en las páginas del granadino diario Ideal, justo cuando España empezaba a desperezarse del tedio castizo en el que el franquismo la había adormecido. Sus viñetas ocuparon en el diario granadino el rincón que habían habitado por muchos años el gato y la mosca del célebre Miranda, introduciendo nuevas maneras de hacer que sintonizaban felizmente con las expectativas de la sociedad española de la época. El humor gráfico, justo es decirlo, tuvo un papel primordial en la construcción del nuevo paisaje de libertades. El leer entre líneas y el ver más allá de los trazos de una viñeta fueron ejercicios muy practicados en aquel tiempo de transición. Frente al costumbrismo local, las reflexiones de Martín Morales proponían una escala más universal. Su atrevido ingenio y su original tratamiento del dibujo le aseguraron muy pronto un lugar destacado en las páginas más prestigiosas de la prensa nacional y en la nómina de los más importantes humoristas gráficos españoles. Sus dibujos saltaron rápidamente de las páginas de un diario de provincias a los periódicos y revistas de tirada nacional, y sus monigotes y el garabato de su firma poblaron desde entonces las más acreditadas páginas de la prensa de todo el país. Ágil de pensamiento, astuto notario de la huella efímera de los días, Francisco Martín Morales nos fue devolviendo cada mañana la imagen de la realidad transformada en sonrisa agridulce y en reflexión profunda.

El 26 de abril de 2007, Francisco Martín Morales leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Granada, apadrinado por los académicos Cayetano Aníbal, Juan Antonio Corredor y por el que suscribe. Reflexionaba el nuevo académico sobre las incertidumbres que nos cuestionan íntimamente a los artistas. Ese dudar de uno mismo, ese no creerse nada del todo que define a la edad madura. Las razones que dieron forma al orden en el que has crecido empiezan a no pertenecerte justo cuando más sabes de ellas. Cruel sarcasmo que un mal día te devuelve el rostro de los tuyos reflejado en tu propio espejo. “Para que yo me llame Ángel González,/ para que mi ser pese sobre el suelo,/ fue necesario un ancho espacio/ y un largo tiempo”, escribió el más generoso y querido de nuestros poetas mayores. En efecto, hicieron falta muchas esperanzas y muchos fracasos para que uno sea lo que es. Luego, el azar, los secretos de una madre, o la mordedura implacable y rebelde del arte te ponen en la tesitura de vivir frente a frente con la nada, desde la cual una fuerza interior y soberbia te impele a construir otra realidad más a tu medida, es decir, a construir la metáfora de tu propia existencia.

La llegada de Francisco Martín Morales a esta Academia fue un acontecimiento memorable no sólo por la valía personal y profesional del personaje, sino por la incorporación del periodismo gráfico de humor a las materias que estructuran la Real Academia de Bellas Artes de Granada, la cual demostraba con ello, una vez más, su deseo de ser absolutamente contemporánea. Un nuevo acento se sumaba con él a la indagación sagaz de los acontecimientos, y abría nuevas interrogantes sobre nuestra realidad individual, sobre el mundo en que vivimos y sobre la sociedad que deseamos para nuestros hijos.

No es fácil escribir sobre Paco sin pesadumbre, sin indignación contra el destino. Prefiero verlo saludando feliz en la puerta de su casa, enseñando sus cuadernos más antiguos y sus dibujos informáticos más recientes. Por las mañanas verlo salir con Luna, con la boca tapada como si una madre le hubiera anudado la bufanda, y oír su voz al teléfono preguntando por algún secreto del Mac. Y verlo entrar mordaz y radiante en la Academia para poner en hora los relojes.

No es fácil para mí, cobarde empedernido. Prefiero recordarlo leyendo su discurso, nervioso y repeinado como un niño bueno que nos saca la lengua para retratarnos en nuestra caricatura más cómica y solemne.

 

Descanse en paz, el genial amigo Paco.

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